Con todo

Con todo mi ser, mi cuerpo y mi alma,
gritaré con alegría al Dios viviente.
— Salmo 84:2

Con todo Dios, cantaré de tu gloria. Con todo Dios, mi alabanza daré.

Suena hermoso e inspirador mientras lo cantamos junto al grupo de adoración, en donde nos sentimos cómodos y probablemente la preocupación mayor que tengamos en el momento sea a donde ir a comer después del servicio del domingo. Sin embargo, estamos comprometiéndonos a algo que no exime nada y lo incluye todo. 

Cuando hablamos de todo, simplemente es todo. No hay divisiones, excepciones o categorías que entren en esta dimensión. En este punto es todo o nada. Entonces me hace pensar una vez más en estas “promesas” que le hacemos a Dios en la euforia del momento, pero no siempre sostenemos cuando nos enfrentamos a la realidad.

Es bastante cómodo adorar con todo cuando las circunstancias se tiñen de éxito, alegrías, prosperidad, aceptación y armonía. Pero suena un poco irritante cuando nos rodea el miedo, la escasez, la soledad, el dolor o el fracaso. Sin embargo, estemos cómodos o irritados, con todo debemos permanecer en la misma actitud de adoración ante un Dios que no varía.

Que todo lo que soy alabe al Señor;
con todo el corazón alabaré su santo nombre.
— Salmo 103:1

Con todo significa cuando estoy feliz, pero también cuando estoy triste. Con todo se refiere en mis triunfos, pero sin dejar a un lado mis fracasos. Con todo habla de mis virtudes y también de mis defectos.  Con todo se refiere a cada parte de mi ser en el sentido más pleno y complejo, pues no hay nada de nosotros que sea pasado por alto ante sus ojos.

¿Cómo esperamos recibir todo de Dios si no estamos dispuestos a darle todo de nosotros? Quizás pensamos que Dios nos exige demasiado, pero al final del día, nos daremos cuenta que solemos ser más egoístas de la cuenta. Él ya nos ha dado todo. Ahora nos toca a nosotros darle todo lo que somos a él.

Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad.
— Juan 4:24

Creo firmemente que Dios está confrontando a esta generación con la realidad. Con el propósito de abandonar la superficialidad de nuestra adoración en el sentido más amplio, que solo logra entusiasmar a las personas, pero no mueve el corazón de Dios.  Nos confronta para hacernos entender que todas las cosas provienen de él y existen por su poder y son para su gloria (Romanos 11:36).  Por tanto, no hay nada de nosotros que cambie a alguien, que transforme vidas y mucho menos que salve. Todo lo que hacemos y lo que somos es por él.

Cuando creemos en nuestro corazón que es Dios quien le da sentido a nuestra existencia, no habrá nada que condicione nuestra adoración. Podremos levantar las manos al cielo en la primavera de la vida y también en el invierno. Podremos confiar en la fidelidad de Dios en los triunfos y en los momentos de frustración.  Un corazón que conoce y ama a su creador puede decir como el profeta Habacuc

Con todo, yo me alegraré en Jehová,
Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
— Habacuc 3:18

En el tiempo de Habacuc se tuvo que enfrentar a una realidad hostil.  Tuvo que vivir circunstancias difíciles que no parecían mejorar. Se quejó, le cuestionó a Dios, se molestó, pero no por eso las circunstancias fueron diferentes ni Dios dejó de ser el mismo. Sin embargo, aunque todo permanecía igual, el corazón de Habacuc cambió y sus reclamos y refutaciones se transformaron en afirmaciones de fe que sobrepasaron las circunstancias.  Por eso Habacuc oró con convicción y pudo entender que la verdadera adoración no se rige por las cosas pasajeras, sino por las eternas. 

 

 

De todo corazón, 
Miredys