“En el dolor es mejor cantar” | Cuando el sufrimiento cobra sentido

Hace un poco de tiempo que no les escribía. No por falta de interés o de inspiración, simplemente el factor tiempo no ha sido mi mejor aliado en estas últimas semanas. Aún sigo buscando la manera de amistarme con él, pero nada que una agenda o el hábito de organizarme mejor no pueda arreglar. Hoy, ando con miles de cosas en la cabeza. Estas clases de maestría me llevan en un patín, pero en buena lid. Todo ha sido tan intenso, pero provechoso que debo decir que estas pocas (y largas) reuniones han sido mi mejor escape dentro de la rutina de la labor y el deber.

Hoy, al llegar a mi casa, luego de una gran clase del curso de filosofía, en algún momento, no sé por qué, me encuentro entonando en mi mente la melodía de una canción que aprendí cuando pequeña, pero desde la primera vez que la escuché me cautivó.

Cántico celeste, en la noche, tendrás
En tu corazón; aunque en aflicción.
Fácil es cantar cuando reina la paz,
Pero, en el dolor es mejor cantar.

Esta última línea ha retumbado en mi mente como un poderoso y estruendoso trueno, de esos que estremecen los cimientos del lugar en el que caen. “Pero en el dolor es mejor cantar”, cuán paradójica parece ser esta pequeña frase. Y es que cuando hablamos de dolor o sufrimiento es imposible pensar en algo bueno, y en efecto no lo es. Es el sufrimiento, en cualquiera de sus dimensiones o escenarios, la experiencia más difícil que pudiera padecer el ser humano. No me estoy refiriendo a ese aspecto orgánico o físico del dolor, sino ese sentido psicológico, que trastoca esas áreas más profundas de la persona.

En este punto sería meritorio preguntarse ¿De qué sirve el dolor? ¿Para qué o por qué tenemos que sufrir? ¿Habrán otras maneras de vivir estas experiencias sin tener que sufrir de esta manera? Cuantas interrogantes pueden surgir, pues el ser humano vive obsesionado con el “sentido” de las cosas y si algo no nos hace sentido, tendemos a rechazarlo o a verlo que como algo negativo. Entonces, si hay alguno, ¿cuál es el fin de sufrir?

Miles de veces hemos escuchado la frase: “lo que no nos mata, nos hace más fuerte”. Nietzsche, autor de estas palabras, conoció cara a cara y en carne propia los sabores y sin sabores del dolor y el sufrimiento. He aquí una gran verdad: el sufrimiento nos fortalece. ¿Quién dijo que el dolor no tenía sentido?

Y después de que ustedes hayan sufrido un poco de tiempo, Dios mismo, el Dios de toda gracia que los llamó a su gloria eterna en Cristo, los restaurará y los hará fuertes, firmes y estables.
— 1 Pedro 5:10

Y en ese fortalecimiento le encontramos un nuevo y profundo sentido a la existencia y al ser. O sea, es ese momento de dolor que nos pone en una perspectiva que en la bonanza no asimilamos, pues cuando todo está bien, creemos que no hay nada más que buscar. Pero cuando nos encaramos con el sufrimiento nos vemos en la necesidad de buscar y encontrar maneras para no padecerlo más. Unos intentan huir, otros se alejan o buscan exterminarlo, pero cuando las opciones se acaban ¿cómo puedo escaparme de él? Enfrentándolo: encontrándole el sentido.

Más es en esa búsqueda dónde le encontramos sentido al dolor, y el sufrimiento deja de ser un proceso individual y se convierte en una herramienta de aprendizaje para nosotros, pero también de enseñanza para otros. No solo desarrollamos la capacidad para encontrarle el sentido a nuestro sufrimiento, sino que podemos ayudar a aquellos que han estado en el mismo proceso de búsqueda.

Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren.

2 Corintios 1:3-4

El dolor alerta y nos advierte de que algo que no está bien. Es la luz que nos indica la necesidad de cambio, de sanar, curar, transformar o restaurar algo en nuestra vida. La verdad de todo esto es que el dolor y el sufrimiento existen y son parte de nuestras experiencias de vida, las cuales son tan necesarias como los momentos de alegría, satisfacción o placer.

Nadie dijo que esto es un proceso fácil, pues cada persona tiene la capacidad que quiere o puede para enfrentar el dolor, superarlo y finalmente, darle sentido. Esto requiere un alto conocimiento de nosotros mismos y de nuestras capacidades y límites. Es por esto que Pablo pudo decir: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Él estaba plenamente convencido que por sus propias fuerzas era muy difícil sobreponerse ante al adversidad, pero en Cristo, todo tenía una solución y un verdadero sentido.

Y es que para darle sentido al dolor, tenemos que abrazarnos a la fe. La fe no está obligada a erradicar nuestro sufrimiento, pero ejerce una hermosa y gran función al brindarnos la seguridad de que no estamos solos mientras pasa la tormenta. La fe nos dice que hay un fin maravilloso con esto que nos está pasando, que nos duele y nos hace sufrir, pero también nos enseña que tenemos una gran ventaja porque podemos decir que somos más fuertes, podemos decir que hemos crecido, podemos decir que ahora vemos más allá de lo que antes veíamos, lo cuál nos permite distinguir qué es real y qué es efímero. Cuando nos abrazamos a la fe y la ponemos por obra, podemos hablar un lenguaje de esperanza y triunfo aún en medio de nuestro dolor:

Por eso no nos desanimamos. Pues aunque por fuera nos vamos deteriorando, por dentro nos renovamos día a día. Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante.  Porque no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve, ya que las cosas que se ven son pasajeras, pero las que no se ven son eternas.

2 Corintios 4:16-18

No hay cántico más hermoso que aquel que surge del dolor mismo, pues entona la melodía de un corazón fuerte, sabio y sensible. Al unirse al cántico de otros, crearán perfectas armonías, y al sonar su música, le entonarán al mundo la más hermosa canción de la esperanza y la verdadera paz que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús. Filipenses 4:7

 

 

 

De todo corazón,

Miredys