Historias: De muerte a vida

 
th-anh-789902-unsplash.jpg

Se ha acercado a mí, como si en vez de muerte fuera vida.  Me ha cercado por medios jamás imaginados. He llegado a odiarla y a amarla, a detestarla y a desearla.  He pensado, que algo que ha intentado hacerme tanto daño, tal vez sería mi bien.  El tema de la muerte nunca me ha sido irrelevante; pero algo cierto es: -ha llegado a hablarme como un aturdimiento verás”.  

Nunca se puede comprender a un suicida. No sabes cuán cerca o lejos estás de serlo. Las experiencias, no a todos, pero sí a algunos, les suelen hablar demasiado.  Lo he pensado, lo he planeado, pero hasta idealizarlo: -Duele. 

Esas fueron las líneas que escribí mientras tenía los muslos manchados en sangre y mi botiquín desparramado encima de la mesa. Suena grotesco, lo sé, pero tenía muchas ideas disueltas y el nombre de Dios no dejaba de retumbar en mi cabeza. Aunque me había abrazado a la idea de que Él había dejado de amarme y me había entregado al dolor, era Él mi única esperanza. Así que, de la misma manera que desparramé el botiquín,  guardé todo con un llanto desesperado y envié este suceso a un cuarto oscuro y lejano de mi mente donde nadie pudiera encontrarlo. 

Tenía 21 años y había dedicado toda mi vida a tener una vida devocional con Dios; jamás me hubiese imaginado ser el centro de un escenario como éste.  Sentía que yo merecía más y que Dios había sido injusto conmigo.  Creo firmemente que una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en mi vida es lograr “cambiar de mente”.  

 ¿Saben? Estaba tan aferrada al dolor que no podía ver los ojos tristes de mi madre y el rostro preocupado de mi padre. Mientras yo insistía en sobrevivir gracias a los sentimientos de odio y las preguntas no contestadas, me estaba negando a vivir en medio del amor de muchos.  Fue ahí que desperté un día con la inminente necesidad de perdonar, pero antes, tenía que sentarme frente al espejo de mi vida y… 

  1.  Me perdoné- Había comenzado a juzgarme demasiado por haber permitido los sentimientos negativos. Tenía un estándar de mí demasiado elevado.  Me recriminaba constantemente por haberme dejado caer (debí haber sido más fuerte, me dije muchas veces).

  2. Me liberé de la culpa- Cargué por mucho tiempo con una culpa que no era mía.  La gente evaluaba mi reputación preguntándose si yo había pecado, así que me enfrenté el prejuicio.

  3. Me abracé a lo bueno – Mi vida no podía girar alrededor de lo que me hacía daño; porque a pesar de lo malo, había muchas cosas buenas.  La familia, los amigos, los hermanos en la fe, tantos momentos de risa imparable… 

  4. Me amé - Tenía una visión distorsionada de mí misma, no era capaz de amarme junto con las circunstancias que había vivido.  Tenía que juntar los pedazos rotos y permitirle a Dios que creara las piezas que faltaban.  

  5. Me dejé amar – Comprendí que era amada.  Estaba rodeada de personas dispuestas a llorar y sonreír conmigo.  Personas que se dolían por mi quebranto, que oraban por mí y me abrazaban aún alrededor de mis muros.  Me permití escuchar palabras que me alentaran a sanar.

  6. Perdoné – Dejé en el pasado lo que no debía formar parte de mi presente.  Tenía que sumarle a mis recuerdos momentos de alegría, y la falta de perdón haría imposible la creación de mejores memorias.  

¿Qué no hay razones para vivir? ¡Mentira! Esa es la idea que se siembra en nuestra cabeza.  Un engaño que está dispuesto a aislarnos e inmovilizaros.  Siempre hay razones para no desistir.  Puede parecer que algunas situaciones son capaces de destruirnos, mas no es así.  Dios nos ha empoderado de la capacidad de sanar las heridas. De mirar al pasado con nuevas notas de aprendizaje y de entender que las lágrimas son capaces de secarse. Hoy me siento renovada y feliz, y estoy convencida de que elegir la vida ha sido mi mejor opción.