Historias: Amor sin igual

Saludos a todos los lectores,

Respondo al nombre de Bethzaida, mejor conocida como “Betzy”. Hoy abro un pedazo de mi corazón para compartir una de las historias más importantes de mi vida con ustedes; confiando que cada persona que se identifique con ésta experiencia vivida, sea llena de paz, sosiego y nuevas fuerzas. A medida que vamos creciendo y tomando formación se nos instruye de tantas cosas que en realidad no sabemos cuándo las vamos a poner en práctica.  Así precisamente sucede cuando nos enfrentamos a la pérdida de un ser querido y aunque nos eduquen en esa área, la realidad es que NADIE se prepara para decirle adiós o hasta luego a seres con los que compartes un “amor sin igual”.

Fui nacida y criada en un hogar cristiano. Formo parte de una familia sacerdotal, escogida y diseñada por Dios.  Hija de un extraordinario pastor y consejero y como bien dicen por ahí “el que lo hereda no lo hurta”, pues llevo impregnado en mi ADN y en mi alma el sello de “Liderazgo”.

Hija menor de cinco hijos (la pequeña de la casa), quizás esa posición me lleva a ser la consentida de PAPÁ, su beba, como el solía llamarme. Si me preguntan qué tipo de amor recibí en mi casa, puedo firmemente responder que fue un amor indescriptible el que inundó mi corazón desde el seno de mi hogar por parte de mis amados y entrañables padres.  Ellos, dos seres y personalidades muy diferentes, pero a la vez tan afines, fueron el uno para el otro sin duda alguna.  Papi, ese ser explosivo, alegre, de amor, de carácter firme. Mami, esa mujer sabia, reservada, tímida, dócil y apasionada por su familia.  Desde el lente de una hija que los ama, me atrevo a decir que alcanzaron casi una perfección en su matrimonio, algo que respeto, honro y algún día, cuando me toque atravesar por ese compromiso, prometo pondré en práctica.

Recuerdo una vez, cuando mi Papito teniendo un diálogo conmigo, me dice: “Hija, cuando alguna vez escuches que tu padre ha muerto, no se lo creas a nadie; tu padre no morirá, sino que dormirá en los brazos de su Señor”. Mi mentalidad era que mis padres serían eternos y no quería abrir mis ojos a una realidad que podía llegar. Estas palabras de mi padre calaron profundo en mi ser y han sido un refrigerio en momentos donde la angustia llega sin ser invitada.  

Sí, ya tienen un anticipo del tema que les traigo; un tema espantoso, un tema que da pánico, que crea impotencia, pero que nos tocará experimentar. Podría llamarlo “la pérdida de seres queridos”, para que no suene impactante, pero no, vengo hablarte de una etapa que existe, que duele, pero que también aprendemos a sobrellevar;  LA MUERTE.  


La palabra del Señor establece,
que sea que vivamos o sea que muramos somos del Señor.
— Romanos 14:8

Fue cerca del verano del 1995. Regresando de unas exquisitas vacaciones en Disney junto a mi hermano y tíos, me topo con una noticia que jamás uno espera que llegue, pero sí, tocó a la puerta.  De lo que recuerdo,  mi papá al pararse de su cama una mañana, no pudo siquiera dar su primer paso. Quedó varado de pie, inmóvil y los gritos de él creo que conmovieron hasta el más insensible de la faz de la tierra. Fue un momento de tensión, ese hombre fuerte, escucharlo gritar, era una sensación angustiante. 

Comenzó el proceso de médicos, especialistas, opiniones y estudios, para finalmente recibir el resultado de lo que tenía mi padre de “eso” que lo postró en cama cerca de dos meses.  Un día cualquiera, entró el doctor a la habitación del hospital donde se encontraba mi papá recluído y le comparte lo que habían encontrado en los estudios realizados.  José, usted tiene “Mieloma múltiple”; a lo que mi padre responde: “ajá doctor, los indios vienen” (nunca perdía su gran sentido del humor). Entonces comienza el especialista a explicarle sin rodeos y crudamente: “Usted lo que tiene es CÁNCER en los huesos y un tumor en la espina dorsal”. 

Fue una noticia inesperada e impactante para todos, pero comenzamos a trabajar en el asunto.  Era curioso ver las tantas visitas que recibía mi padre. Venían de todas partes con la intención de entregarle a papi una palabra alentadora en medio de su enfermedad, pero los papeles se invertían y quienes salían consolados y ministrados eran ellos mismos, las visitas.

Durante ese epicentro, aún siendo una adolescente, estaba totalmente convencida que todo podía cambiar porque le servíamos a un Dios vivo y de poder. Pero la otra parte que me negaba a entender era que debía depender únicamente de Dios, dejándole saber que dentro de mis anhelos y más allá del gran amor a mi padre, yo aceptaba su voluntad, de la misma manera que lo manifestamos en esta tan nombrada y reconocida oración:


Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
— Mateo 6:10

A pesar de los diagnósticos, donde algunos médicos le daban de vida a mi padre varias semanas o máximo hasta tres meses, tengo que reconocer que fue una avalancha de emociones. Aún así vimos la mano de nuestro Redentor mostrándose presente en cada instante.  El tiempo según la medicina fue uno, pero Dios tenía otros planes con “José Antonio Hernández”.  Comenzó un proceso donde él básicamente hizo memorias de su niñez, empezó a depender nuevamente de sus manos para comer, a moverse en sillón de ruedas, luego a dar sus primeros pasos en andador y finalmente a manejar su vehículo, haciendo su vida una totalmente “normal” a pesar de su diagnóstico.

Ya una vez papi comienza a depender más de sus fuerzas, continúa una de sus pasiones, su agenda de prédicas.  Era hermoso verlo exponer el mensaje de la palabra de Dios, donde a todos lados llevaba sus placas de su espina dorsal y los resultados de su estudios muy orgullosamente. Quería mostrarle a todos que aún él seguía con su espina dorsal rota en dos áreas diferentes, que para la ciencia era algo ilógico e incomprensible el que estuviese de pie, pero así Dios lo quizo en su infinita misericordia.  Dentro de sus pláticas y prédicas siempre mencionaba: “Ya Dios cumplió conmigo, me levantó. Si mañana o pasado él determina llevarme, me voy tranquilo porque Dios una vez más contestó.”

Luego de casi 7 años llegó el momento de oscuridad, el de impotencia; aquel al que le huyes como cuando estás en un laberinto, pero que sabes que a la larga te tocará enfrentar, ese mismo, el de la “MUERTE”.  Llegó marzo 7 del año 2002 (irónicamente víspera de su cumpleaños); regresando de mi turno de trabajo me encuentro con ese escenario donde me dicen “debes ir donde tu padre y despedirte de él. Está en coma, pero el escucha”. Automáticamente comenzaron las interrogantes y cuestionamientos a Dios y me rehusaba a tener que despedirme de mi héroe.  Minutos más tarde pude entender que todos debíamos estar en ese plano para él irse tranquilo.  Entonces accedí y fui donde mi padre hermoso, recuerdo como hoy cuando le decía al oído cuanto lo amaba y que se podía ir tranquilo porque yo estaría bien y cuidaría de mami. Minutos más tarde comenzó su “temporal sueño”, partió.

Dentro de ese mar de emociones que cada uno de los componentes de la familia podíamos sentir, recuerdo que tenía que hacerme “fuerte” para apoyar a mi madre y sorpresivamente fue ella quien nos dio fuerzas a todos. Fue tanto así, que logré cumplir una promesa que le hice a papi en vida, el poder cantarle en su sepelio, Aunque no fue un cuadro nada fácil, hubo consolación dentro de esa letra que decía: “Yo sé que él vive, pues lo veo en la risa de un niño cuando voy pasando”.

Desde el día uno sin papi en casa, me acerco más a mi madre, refugiándome en ella pues era la figura de mis progenitores que me quedaba con vida.  Nos estábamos enfrentando a un cuadro familiar totalmente desconocido para nosotros, pero ahí íbamos; paso a paso, día a día tratando de cerrarle la puerta al dolor, pero era casi imposible.  Fue una entrega de esa carga pesada a Dios. Continuamos sirviéndole aunque siendo honesta, con pocas fuerzas.

El tiempo siguió su camino, pasaron los días y años y el dolor fue menguando, porque nos aferramos a nuestra FE.  Sabíamos que teníamos que comenzar a hacer cosas diferentes para el bienestar y salud emocional de todos en especial de mi madre. Así que dimos pasos que hace tiempo no dábamos u otros que quizás nunca habíamos dado.  Una de las aventuras a las que llevamos a mami, fue un viaje a Canadá, a ver las “Cataratas del Niágara” y el solo ver su cara de agradecimiento y alegría nos devolvía a los demás la paz.

Ya tan rápido habían pasado cinco años sin papi, cuando de repente otro inesperado suceso vuelve a llegar.  La mañana del 10 de abril del 2007, cuando voy de camino a mi trabajo cerca de las 7am. Recibo una llamada angustiante de parte de mi hermana diciéndome “Betzy, mami no me responde, regresa por favor". No puedo negar que fueron tantos pensamientos y emociones que me abordaron en ese instante, sentía impotencia en medio del tráfico porque no podía mover los carros.  Finalmente pude regresar y cuando iba por un desvío cerca de mi casa venía hablándole a mi Señor y le dije: “Dios, tu sabes todas las cosas; no sé qué tendrá mami y con qué cuadro clínico me enfrentaré, pero te pido de tu paz y quiero que sepas que acepto tu voluntad”.  Siendo sincera, sé que lo dije de corazón en ese momento, pero luego se me olvidó mi plática con el Padre, no quería aceptar su voluntad.  Entones me di cuenta que tienes que estar pasando por el fuego y muchas veces quemarte para aceptar que los planes de Dios siempre superarán tus expectativas, tus anhelos y hasta tu dolor.

Luego de ver a mi madre aún en casa sin responder, no le encontraba sentido a lo que en ese momento sucedía.  Llegamos a sala de emergencias y a los pocos minutos nos llaman a los hijos allí presentes. Nos hacen entrar en un cuarto grande, donde el silencio prevalecía para darnos la terrible noticia: “Su madre llegó sin vida al hospital, está muerta”.  Éstas fueron las palabras crudas y frías de parte de la doctora que atendió a mi madre.  La adrenalina y un sinfín de emociones me dominaron en ese momento. Comencé a darle órdenes a la doctora que fuera donde mi madre a tratar de revivirla y ella me decía: “Lo siento, pero no se pudo hacer nada más”, a lo que yo le repetía: “es que usted no comprende nada, usted no entiende que yo perdí a mi padre y no puedo perder también a mi madre”.  Fue un proceso aún más fuerte, porque a diferencia de papi, ya existía una enfermedad, pero en el caso de mami la veíamos bien y de repente el corazón no pudo más.  Vino la ola de reproches nuevamente, no me había repuesto bien de una pérdida cuando ya tenía otra encima.  Pero mi corazón a pesar del dolor reconocía que Dios era mi consolador y no me dejaría como dice su palabra. Al final, dentro de la aflicción, puedo gozar de la gran alegría y esperanza que algún día los volveré a ver.


No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te desalientes, porque yo soy tu Dios. Te daré fuerzas y te ayudaré; te sostendré con mi mano derecha victoriosa.
— Isaías 41:10 (NTV)

¿Aceptar la voluntad del Padre? Wouuu, hay que ser valiente, pero a la vez sabemos que es necesario darle a Dios esa libertad de que él haga lo que tenga que hacer, a fin de cuentas, él es nuestro Padre y no nos desamparará.  

Dentro de una crisis como lo es la “Muerte”, te tengo que decir que Dios no está ajeno a tu dolor.  A él le conmueve tu dolor y desea extender su mano y confortarte como lo hizo conmigo. Quizás la pena no te deje ver a tu Señor, pero Él está a tu lado y te rodea con su brazo de amor. Él está cercano a los quebrantados de corazón (Salmo 34:17-19). Que dentro de nuestra aflicción podamos entonar como Yashira Guidini “Canto una alabanza sin igual, pues el desierto me ha enseñado tu fidelidad, tomando forma en tu abrazo y en tu sanidad".

Así que apreciado lector, si tienes el corazón quebrantado de dolor por una pérdida, te tengo una noticia, nuestro Dios está muy cerca de ti.  Cierto es que una pérdida no es superada nunca, pero sí aprendes a vivir con la ausencia de tus seres queridos.  Disfruta de los bonitos recuerdos, de esos que te afloran una sonrisa y verás como tu tristeza comienza a desaparecer y te llenarás de ese Amor Sin Igual que viviste con ese ser especial y de ese Amor Incondicional que nos demuestra el Padre día a día.

 

Con Cariño,
-Betzy