Historias: ¿Quién soy?

Mi nombre es Keila García. Soy una joven de 21 años, nacida y criada en el evangelio. Soy una joven sumamente imperfecta aunque en la iglesia nací. Crecí en una familia que siempre ha amado a Dios, le han sido fieles durante años y han permanecido en esta dura carrera de fe. Mi niñez consistía en el amor a la música, un amor que fui desarrollando a través de clases intensivas que me daba mi madre cada vez que me enseñaba cantar con una pista, los hermosos himnos del ayer. Aprendí a adorar a Dios y a vivir lo que cantaba. En mi niñez, buscaba el rostro del Señor. Veía como mis abuelos, ahora mis pastores, clamaban al Dios viviente y decidí conocer y enamorarme en mi niñez, del Dios a quien con tanta devoción mi familia le servía, a mi creador. Es por esto que le abro mi corazón a mis 7 años de edad un 30 de noviembre del 2001. En las noches, junto a mí, se encontraba un lápiz y libreta ya que me levantaba en las madrugadas con letras muy poderosas acerca de la venida de Cristo, de las historias de Cristo cuando sanó a la mujer del flujo de Sangre, y del poder de Dios. Mi abuela me recomendaba dormir con una libreta porque estaba segura de que eran inspiración divina. Añoraba con ser un instrumento de gloria en sus manos. Solía dibujar la caricatura de mi primer CD y lo colocaba como portada en una carpeta blanca que tenía y dentro de unas micas, estaban puestos los papeles con mis 12 canciones.

Cuando llego a la adolescencia, las cosas se deterioraron. Mis padres se divorcian y es aquí donde comienza una triste y larga historia. Dentro de mí surge esta rebeldía y cuestionamiento al Señor. Me alejo de él íntimamente aunque fuera de mí, mostraba lo contrario. La chica cristiana perfecta, nieta de pastor, cantante y ministro. Un vacío que sólo podía llenar Dios, fue provocado por la ausencia de mi padre, esa figura varonil fuerte y que es cabeza del hogar. Al ver las niñas ser mimadas por su papá, yo dormía con un retrato de mi padre debajo de mi almohada añorando el día en el que sonara el timbre de la puerta de mi casa y escuchar su voz decir: “¡Llegué!”. Soñaba como toda hija, la familia perfecta, pero no fue así. Lo veía sólo los domingos y esto no me bastaba. Este vacío en mí, provocaba en mí una búsqueda de AMOR. Ese hueco infinito, el cual no encontraba con qué llenarlo. Mil veces busqué amor en las palabras dulces de los hombres y mil veces mi corazón fue destruido.


Al ver las niñas ser mimadas por su papá, yo dormía con un retrato de mi padre debajo de mi almohada añorando el día en el que sonara el timbre de la puerta de mi casa y escuchar su voz decir: “¡Llegué!”.

Algo que había perdido fue el amor y el respeto que le tenía a la adoración. Solía cantar en mi adolescencia para ambos lados, secular y cristiano. Me lanzaba a lo primero que apareciera, acudía a la primera puerta que abriera con tal de estar enredada en los asuntos musicales y que fuera reconocida YO, NO el creador. Esta lucha interna me agobiaba en las noches y todos los días de mi vida. Buscaba concursos en donde participar, buscaba cualquier oportunidad que se me presentara SIN consultarle a Dios si lo que hacía era correcto y agradable ante sus ojos, aunque sabía que no lo era, no buscaba su aprobación. Cuando ya mi corazón no daba para más nada, un verano del 2013 mi madre me regala el CD en vivo de Nimsy López y recuerdo que me dice: “escucha Yo Busco un Adorador”. Cuando sonó la canción, mi alma fue estremecida ya que recordaba cada promesa que me fue dada en esos años de mi niñez y al ver cómo había despreciado cada una de ellas, me sentía mal conmigo misma a causa de mis pasadas decisiones. Recordé como me sentía cuando en mi niñez éramos sólo Dios y yo. Quería dedicarme de nuevo a aquel que llenaba mis vacíos. Reconocí que la gloria completa le pertenecía siempre a Dios. Es ahí cuando reconcilio mi vida con el Señor, en el verano del 2013. 

Ese verano decidí alejarme de la sociedad y acercarme más a mi creador. Ministrada por el Señor en mi habitación, me muevo a adorar, pero no sólo a expulsar palabras de mi boca, sino, adorar en espíritu y en verdad. Adorarlo en espíritu y en verdad implicaba estar conectada a su presencia, a la vez reconociendo en mi ser su soberanía y su poder. Al reconocer y entender que él es MERECEDOR de alabanza, producía en mis labios una adoración única y personal porque a través de nuestras experiencias, una nueva alabanza es creada. Cuando al fin comencé a comprender la labor del llamado que Dios hizo a mi vida, que no es tarea fácil, comencé a tomar las cosas bien en serio. 


Decidí dedicarme completamente al llamado que Dios me hizo desde pequeña, llevar su mensaje de salvación a través del canto. Comencé a escribir canciones inspiradas por el Señor, las cuales pude apreciar cómo cumplimiento de las promesas que me habían sido dadas desde mi infancia. Cada paso que daba lo hacía consultando a mi Padre. Las puertas comenzaron a abrirse y un mover en los corazones de varios jóvenes me motivó a organizar una banda. Fueron muchas llamadas recibidas e invitaciones que me dieron la oportunidad de llevar el mensaje que Dios puso en mi corazón. Realmente fueron experiencias hermosas las que pasamos en la presencia del Señor, cada vez que íbamos a ministrar.


Tiempo después, mi madre es diagnosticada con Cáncer de Mama Inflamatorio. Una enfermedad que según los médicos, lleva al paciente a la muerte. Las personas diagnosticadas con dicha enfermedad sólo han sobrevivido dos años con la enfermedad. Cuando esta noticia llega a nuestro hogar fue un poco más difícil adorar. ¿Qué bueno es adorar en tiempos fáciles no? Pero que malo se nos hace adorarle en los tiempos malos. Sí, sorprendentemente, seguí adorando a mi Dios aun viendo a mi madre sufriendo de esta terrible enfermedad. Es por esto que amo lo que se expresa en Salmos 34:

Bendeciré a Jehová en todo tiempo;
Su alabanza estará de continuo en mi boca.
— Salmos 34:1
 
 


En una de las muchas noches que sufría al ver a mi mamá agonizando en su habitación, recorrí a mi cuarto ya que no aguantaba mis lágrimas. Tomé mi guitarra y comencé a adorar al Señor. Siempre he encontrado paz al adorar aun cuando mi barca parece hundirse. Mientras adoraba al Señor, una letra brotaba de mis labios confesando la gran necesidad que tenía de ÉL. Muchas veces me hacía la fuerte y me aguantaba mis sentimientos por no afligir y cargar a los que me rodeaban. Me comprometí a sostenerme de los brazos de mi padre fiel, el varón perfecto. Nunca me ha abandonó a mí, ni a mi familia, ni a mi madre.


Las cosas de momento se vieron muy perfectas para ser reales, y ella mejoró, de hecho, pensábamos que ella estaba libre de cáncer y ella recorrió a hacer sus labores normales. Luego de un tiempo comenzó a caer en el hospital muchas veces corridas y veíamos como su estado de salud desterioraba cada día. Como todo ser humano no quería aceptar la realidad de lo que estaba presenciando y me apoyaba totalmente en orar por mi mamá. Lo que pasaba era que no estaba realmente “aceptando” la voluntad de Dios. Me explico, si la voluntad de Dios era llevársela pues yo iba a estar en negación orando. Las cosas no son así y se me hacia difícil creer lo que estaba pasando. Luego de varios días en el hospital le dan de alta y estábamos todos contentos porque según el doctor todo estaba bien.


Al llegar a nuestro hogar veíamos a mamá malita y la llevamos a Sala de Emergencias el 23 de julio de 2016. Luego, surgen llamadas de que había probabilidades de entubarla para que pudiera vivir. Yo estaba sumamente confundida, no sabía lo que pasaba pues ella estaba en Cayey y yo en Guayama. El domingo 24 de julio papi nos levanta a mi hermanita chiquita y a mí bien temprano en la mañana y dice: “las están esperando en el hospital, nos tenemos que ir ahora”. Mi corazón latía tan y tan fuerte que no podía pensar en otra cosa que no fuera mi mamita. Recuerdo haber llamado a una amiga a la cual amo como si fuera otra hermana y ella me dice: “Keila, sé que es difícil pero tienes que estar preparada y aceptar la voluntad del Señor”. Estas palabras cavaban muy dentro de mí pues yo pensaba que el Señor era capaz de hacer el milagro. Cuando llegamos al Menonita en Cayey, entré a un cuartito y veía como mi hermana mayor lloraba y mis abuelos se encontraban desconsolados, yo haciéndome la fuerte, mantuve silencio presta a escuchar lo que la doctora me tenía que decir. Cuando de momento, en segundos, de su boca sale: “¿Ustedes saben lo malita que está su mamá verdad? Ella tiene los pulmones infectados y están llenándose de un líquido infectado que eventualmente le provocará la muerte por un paro respiratorio. Es cuestión de tiempo, no sabes cuándo sucederá”. 

 
 

Recuerdo haber mirado a mi papá, a quien le apretaba el brazo, no quería mirar a la doctora a los ojos. Me negué a que pasara, y le dije a mi familia: “Recordemos a Job, estaremos bien”. Cuando fui a ver a mi mamá en intensivo yo no dejaba de llorar pues la veía tan frágil, veía como el maldito cáncer la consumía, me la dejaba sin vida. Cuando ella veía que derrabamos lagrimas decía: “Ustedes no están confiando”. Yo me encontraba confundida porque la persona menos indicada dijo esas palabras, mami sabia la cantidad de tiempo que ya le habían determinado a ella. Luego la bajaron a un cuarto regular para que pudiéramos compartir más con ella y la veíamos bien a pesar de. 


Me negué a que pasara, y le dije a mi familia:
Recordemos a Job, estaremos bien

Ya que la cuidaba en esos días, pude compartir mucho con ella, momentos perdidos en mi juventud. Pude apreciar la belleza interna y física de mi madre. Aún en su condición se mantuvo hermosa pues la gracia del Padre la cubría. Heredé mi voz de mi mamá, y decidí un día cantarle muchas canciones que sabía que le gustaban. Ya que ella había perdido su voz, levantaba sus manos y movía sus piecitos al son de la música. Mami adoraba a Dios de corazón, pues no buscaba excusa al adorarle. Recuerdo que una enfermera entró y comenzó a llorar pues lo que veía era hermoso. Ese mismo día luego de alegría y lágrimas una doctora entra y nos dice a mí y a mi abuela que a mami le queda menos de seis meses de vida y yo callaba pues confiaba en el Señor. 

Días después vi que ya no podía caminar, ni comer… y en mi corazón y mi mente existía el deseo de no verla sufrir más. Es horrible ver a tu madre sufrir y pensaba que si el Señor se la llevaba era mejor que verla postrada en cama. Lloraba porque no es lo que quería pues amaba a mi mamá y pensar en su ausencia para mí era inimaginable. Luego pensaba que si me recostaba en esto no estaba confiando en el Señor y en lo capaz que era de hacer un milagro en ella. El lunes 15 de agosto de 2016 le dieron de alta para llevarla a nuestro hogar bajo hospicio ya que no había esperanza para los doctores. El martes ella se veía tan bien que comencé a ilusionarme con la idea de que ella estaría bien. La mimaba, le daba todos los besos y abrazos que yo quería.

De momento el miércoles 17 de agosto de 2016 en la noche, mientras le quitaba algo en la mano, me aprieta el brazo y dice: “me estoy quedando sin aire”. Ella se puso bien malita de nuevo y yo estaba sumamente asustada pues ya no tenía el drenaje que le pudiera retirar el líquido que se le retenía en el único pulmón que le funcionaba, pues el otro ya había colapsado. EL doctor nos dice que estaba llenándose el pulmón y dice: “hay que aceptar la voluntad de Dios”. Ya yo estaba convencida que mami iba a partir pues estaba en mi corazón y se pasaban diciéndolo. En la mañana del 18 de agosto besé a mi mamá y la arropé. Fui a la universidad ya que entraba a las 7:30 am. Me llega un correo electrónico que decía: “no estaré presente en la clase”. Fui al centro de computadoras a matar el tiempo cuando de pronto entra una llamada a eso de las 8:30am, era mi padrastro. 

-“¿Hello?”
-“¿Dónde tu estas? ¿Estás estudiando?”
-“¿Qué pasó David?” 
-“Lo que estábamos esperando que pasara”
 

Yo no sabía que hacer conmigo misma pues sentía que no tenía fuerzas. Le daba a las paredes y gritaba sin consuelo: “¿Por qué ahora Señor?”. Mi padrastro me buscó y cuando llegamos fui directo a su cuarto y la encontré tan dormidita. Me arrodillé al lado de su camilla y no creyendo lo que sucedía. Abracé a mi abuelo y me dijo: Esta era la voluntad de Dios y hay que aceptarla”. 


Mi historia es mucho más que estas siete páginas, quien soy es gracias a las experiencias que el Señor me ha hecho pasar. Cada prueba me ha moldeado y gracias a ellas soy más fuerte que ayer. Hoy puedo darle gracias a Dios por la vida de mi mamá. Hoy puedo celebrar quien fue y el gran ejemplo y modelo que sigue siendo en mi vida. Mami, mi guerrera, me enseñó a confiar y a adorar a Dios no importando nuestras limitaciones, nuestras fuerzas y nuestras circunstancias. Espero con ansias el día que la vuelva a ver. La extraño demasiado, las palabras no pueden describir lo que siento. Sólo sé que Dios ha sido fiel…El milagro ocurrió. Ya no muere, pues vive, ya no sufre más. No adoramos a Dios por lo que nos da, si no por quien es ÉL.

 

-Keila García